La luz de Alicante es un fenómeno difícil de explicar y, aun así, ineludible para quien crea desde aquí. No es solo iluminación; es un lenguaje. A veces suave, casi tímido, y otras veces tan directo que obliga a la materia a revelar lo que es. En mi trabajo, la luz no solo ilumina la escultura: la transforma. Una misma pieza respira de un modo en el interior del taller, bajo un foco neutro y constante. Allí, la atención se centra en la curva, en la tensión interna de la forma, en la superficie que vibra apenas. Es el lugar donde la obra se construye y se piensa.
Pero cuando esa misma escultura sale al exterior y recibe la luz dorada del atardecer mediterráneo, ocurre algo distinto: la curva se expande, la sombra se alarga, la materia parece volverse ligera. La luz juega con el volumen como si la escultora fuera ella.
Es entonces cuando siento que la pieza deja de ser solo mía.
La luz la interpreta. La completa. La habita.
Porque en realidad, la escultura no termina en la materia; termina en el espacio que la rodea —y en cómo la luz lo atraviesa.

